El factor que nadie mira en El Niño: cómo el frío en primavera reduce la polinización en Chile

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El debate agrícola en Chile sobre el fenómeno El Niño suele centrarse en consecuencias ya conocidas: la saturación de los suelos, el daño a la cuaja por lluvias tardías o la proliferación de enfermedades fúngicas. Sin embargo, existe un factor que casi nunca entra en esa conversación y que define directamente la vigorosidad de la cosecha: la baja actividad de polinización provocada por las bajas temperaturas.

El fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENOS) suele asociarse principalmente a un aumento de las precipitaciones. Pero para la agricultura de la zona central y centro-sur de Chile, una de sus consecuencias más complejas —y menos visibles— es la inestabilidad térmica: mañanas frías, nubosidad persistente y temperaturas bajas en plena primavera. Estas condiciones alteran de forma directa la dinámica entre los polinizadores y el cultivo.

Por qué el frío detiene a las abejas justo cuando más se las necesita

Los efectos agrícolas de El Niño varían según la temporada en que se manifieste el fenómeno, pero en primavera su impacto es particularmente sensible. Cuando las temperaturas caen por debajo de los 12-15 °C, o bajo condiciones de viento y nubosidad, la actividad de las abejas se reduce drásticamente. Al no salir de la colmena durante las horas de mayor apertura floral, el número de visitas por flor —lo que en apicultura se conoce como pecoreo— disminuye de forma directa.

Este comportamiento no es exclusivo de la primavera fría: en invierno, las colonias de abejas también reducen al mínimo su actividad, permaneciendo agrupadas dentro de la colmena para conservar calor y consumiendo apenas los recursos necesarios para sobrevivir. El problema es que, cuando ese mismo patrón de baja actividad se repite en plena floración primaveral por efecto de mañanas frías o nubladas, el costo ya no es solo energético para la colonia: es directamente productivo para el huerto.

Según Naciones Unidas, a través de la FAO, el 90% de las plantas con flores y el 75% de los cultivos alimentarios dependen de la polinización para reproducirse y subsistir, lo que dimensiona el riesgo real de cualquier ventana de baja actividad polinizadora durante la floración.

El impacto en la floración y el cuajado del fruto

Esta inestabilidad térmica altera los ciclos fenológicos del cultivo y condiciona directamente su rendimiento. En especies sensibles como el cerezo, la combinación de lluvia y calor posterior puede provocar partidura del fruto, dejando parte de la producción fuera de los estándares de exportación. A esto se suma que, incluso sin lluvia, una mañana fría reduce las horas efectivas de vuelo de las abejas: menos horas de vuelo significan menos visitas florales, y menos visitas florales significan menor cuajado y frutos más pequeños.

Abejas melíferas vs. abejorros: dos formas de responder al frío

No todos los polinizadores reaccionan igual ante el frío. Las abejas melíferas aportan colonias masivas, con decenas de miles de obreras capaces de cubrir grandes superficies en días cálidos y soleados, pero su actividad depende fuertemente de la temperatura ambiental. Los abejorros, en cambio, destacan por su capacidad de volar a temperaturas más bajas, por su técnica de polinización por zumbido —conocida como buzz pollination— y por una mayor eficiencia por visita en cultivos como el arándano. Por eso, cada vez más huertos combinan ambos polinizadores: abejas en los bordes y abejorros en el interior, buscando cobertura tanto en las horas cálidas como en los amaneceres fríos.

La bioestimulación preventiva

Frente a este escenario, los expertos han apuntado a la bioestimulación preventiva como estrategia de mitigación. Esta consiste en aplicar bioestimulantes que aporten aminoácidos y micronutrientes específicos —como boro y zinc— antes o durante la floración, ayudando a mejorar la viabilidad del polen, favorecer el desarrollo apropiado de la planta y reducir su nivel de estrés frente a condiciones climáticas adversas.

Cuando se habla de El Niño y agricultura en Chile, la conversación suele detenerse en el agua: suelos saturados, hongos, lluvias fuera de temporada. Pero la variable térmica que acompaña a este fenómeno tiene un efecto igual de determinante y mucho menos discutido: sin temperaturas adecuadas, no hay vuelo de abejas, y sin vuelo de abejas, no hay polinización completa. Entender este vínculo —y anticiparlo con manejo de polinizadores y bioestimulación— es clave para proteger la vigorosidad de la cosecha en temporadas de inestabilidad climática.

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